¡Te echo de menos compañera!

Un accidente casero fue la causa de poder disfrutar de tu presencia durante ciento veintiséis días. Una fractura de un pequeño hueso de tu pie derecho me regaló tu compañía las veinticuatro horas que conforman una jornada, pero todo lo que empieza acaba y hoy hace un mes que regresaste al quehacer diario del trabajo. Atrás quedan los paseos vespertinos empujando esa silla de ruedas que significaba tu libertad y que, junto con el calor del más crudo verano, a mí me provocaba llegar a casa empapado de sudor por lo que siempre era premiado con la mejor de tus sonrisas. Ahora todo ha vuelto a ser como antes.

Cuando todavía no termina de aclarar el día oigo ruidos lejanos a los que mi estado adormilado no permite que pueda identificarlos. Hay momentos que vuelvo a caer en un profundo pero corto sueño y de nuevo, medio despierto, vuelvo a estar en un mundo intermedio entre lo real y lo irreal, acompañado de esos ruidos tenues y sigilosos.

Esta situación se repite alguna vez más hasta que de repente siento la caricia suave de unos labios que se posan en mi mejilla invitándome a abrir mis ojos somnolientos. No hay mejor despertar que ver tu rostro iluminado por tu sonrisa muy cerca de mí, aunque todo ese encanto se derrumba al oír tus palabras con las que me comunicas tu despedida: “adiós cariño, me voy”. A sabiendas que lo imposible es imposible yo te digo “no, no te vayas”. Tú te sonríes mientras me calmas con una tierna y dulce caricia e insistes “me tengo que ir”. Te incorporas, das unos pasos hacia atrás a la vez que yo estiro mi mano para coger la tuya, y aunque siempre lo consigo nuestras manos se van separando poco a poco mientras te distancias lentamente.

Es entonces cuando oigo con claridad tus pasos rápidos y seguros hacia el final del pasillo y unos segundos más tarde oigo el golpe seco de la puerta de nuestro reino que se cierra anunciándome la llegada de la soledad, esa soledad a la que tendré que acostumbrarme de nuevo porque tu presencia había conseguido que me olvidara de ella, esa presencia que es como la brisa de mar que me acaricia llena de cariño y ternura y con la que me habías regalado a lo largo de los ciento once días de baja más los quince de vacaciones que tenías aun sin disfrutar.

Me levanto y el silencio es la única compañía que tengo, te busco por todas partes y no te encuentro. Busco refugio y amparo en el calor del sofá de nuestro salón. Allí estoy un corto pero intenso instante, quieto, en silencio, como si esperara no sé muy bien qué. De repente creo escuchar un ruido en una habitación, voy hasta allí con la estúpida esperanza de encontrarte, pero no te encuentro.

Todavía me cuesta no tener con quien hablar, no tener con quien jugar, no tener a quien mirar, no disfrutar de tu alegría, de tus abrazos, de tus besos, de tu mirada, de tu sonrisa, esa mirada que me abraza como amante y esa sonrisa que me acuna como a un niño ¿Cómo pasar tantas horas sin ti?

Me acostumbras a tu presencia pero no me enseñas a vivir sin ella. A tu lado se me olvidan los problemas, sin ti a mí lado me encuentro a la deriva y sin rumbo.

Empiezo a aceptar tu ausencia mientras paseo por el pasillo como sonámbulo. Para ello pienso que estás en todos los rincones de la casa y empiezo a percibir tu olor y tu virtual presencia y poco a poco voy cogiendo fuerzas para pasar el día y recobro la ilusión al pensar que pasadas unas horas, que se harán eternas, esa puerta que antes se cerró con un golpe seco, se abra y se agiten las campanitas de la entrada anunciando con su alegre tintineo tu llegada haciendo que de nuevo toda la casa esté iluminada, pero hasta que llegue ese momento espero impaciente recibir dos o tres llamadas y por lo menos oír tu voz que me hará menos dura la espera.

Gracias a esas esperanzas empiezo la rutina del día a día. Desayunar, recoger, ordenar, limpiar, aseo personal…

Cuando termino de todas mis tareas repaso habitáculo a habitáculo una y otra vez para comprobar que todo está perfecto pero siempre hay algo que me llama la atención y que sin saber porque, hace que no me sienta bien. Hoy he comprendido que es lo que me atormenta: El orden me castiga recordándome tu ausencia.

Todas y cada una de las habitaciones que conforman la casa se encuentran recogidas y ordenadas. Nuestro dormitorio me enseña una cama sin una arruga o señal de que un cuerpo haya reposado siquiera durante unos minutos encima de ella…

Los baños tienen las tapas de los servicios bajadas, las hojas de las mamparas cerradas, las alfombras colocadas…

En el pasillo hay luz porque todas las persianas están levantadas…

Las dos habitaciones que se usan de trabajo tienen los papeles amontonados pero ordenados y no dispersos sobre las mesas…

En el salón las butacas están colocadas al milímetro, igual que los ceniceros y adornos de las mesas. Las mantas reposan en los brazos del sofá esperando que alguien las de un sentido a su existencia, todo está colocado e inmóvil como sin vida…

En la cocina no hay una cucharilla en la pila, ni un envase de yogurt vacío reclamando que alguien le lleve con sus compañeros a la bolsa para ser reciclado. Cacerolas, platos vasos…todo está guardado en su sitio para volver a ser utilizado.

Sabes que me encanta el orden casi hasta la obsesión pero hoy he comprendido que el orden me castiga porque me grita que tú no estás aquí a mi lado y me siento solo. Me lo ha estado diciendo todos estos días y yo no lo oía, sabía que algo pasaba pero no lo comprendía. Hoy te he echado en falta por culpa del orden, y echo de menos ese toque tuyo especial a la casa para ir detrás de ti colocándolo todo de nuevo.

¡Te echo de menos compañera!

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