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El tercero…

Transcurría la segunda semana del mes de febrero de 1988 y por mucho que pase el tiempo la familia de mi padre recordará, de una manera muy particular, los tres sucesos acaecidos entre el miércoles y el sábado de esa semana.

Solo la boda de mi prima AnaBel (sobrina de mí padre y por lo tanto prima mía), era el único acontecimiento de los tres que estaba previsto que sucediera, los otros dos se presentaron por sorpresa. Uno de ellos fue el nacimiento de Fernando (mi tercer hijo), nacimiento con lo que ello conllevaba de alegría pero a la vez de preocupación al ser de nuevo un parto “prematuro”. El tercer evento no previsto, y que truncó la alegría de los dos anteriores, estuvo motivado por la desgracia y tristeza de perder a un miembro de la familia, mi tío Rubio (hermano de mí padre). SEGUIR LEYENDO

¡Te echo de menos compañera!

Un accidente casero fue la causa de poder disfrutar de tu presencia durante ciento veintiséis días. Una fractura de un pequeño hueso de tu pie derecho me regaló tu compañía las veinticuatro horas que conforman una jornada, pero todo lo que empieza acaba y hoy hace un mes que regresaste al quehacer diario del trabajo. Atrás quedan los paseos vespertinos empujando esa silla de ruedas que significaba tu libertad y que, junto con el calor del más crudo verano, a mí me provocaba llegar a casa empapado de sudor por lo que siempre era premiado con la mejor de tus sonrisas. Ahora todo ha vuelto a ser como antes. SEGUIR LEYENDO

Soy yo o soy tú

El espejo hace que todos los días me encuentre con mi otro yo. Ya sea recién estrenado el día, o en cualquier momento que necesite comprobar que mi imagen es la correcta. Me asomo a su mundo y refleja mi otro yo de forma simétrica y equidistante.

Veo a mi otro yo reflejado, un yo con el que a veces no me identifico, un yo al que a veces tengo miedo de mirar a los ojos por si me reprocha o se avergüenza de alguno de mis actos pasados o recientes.

Cuando me atrevo a mantener la mirada al Antonio reflejado, pienso en el rol que me tocará representar a lo largo del día y le pregunto: ¿Alguna vez podre ser tú y dejar de ser yo? siento envidia del Antonio anónimo, siempre agazapado detrás del Antonio real, mientras lo único que debe hacer es esperar a que las cosas ocurran para bien o para mal. SEGUIR LEYENDO

Un viaje más

¡Que frio! ¿Dónde estoy? Qué lugar más extraño, no lo reconozco. Es una estancia fría y desangelada.

– ¡Hola! ¿No hay nadie?

Parece que estoy solo. Que frio tengo ¿Por qué estoy tumbado? Esto no parece una cama ¡Vaya!, alguien entra. No le conozco de nada. ¿Quién será?

– Hola, buenos días, ¿Dónde estoy? ¿Qué hago aquí?

Pues parece que he dado con el amable ¿Por qué la gente será tan maleducada? ¿Tan difícil es dar una respuesta? Bueno y ahora empuja la cama o lo que esto sea ¿dónde estoy tumbado? ¿Adónde me llevará?

– Oiga ¿Dónde me lleva? ¿Dónde vamos?

Nada, lo dicho, o no me oye o es un maleducado. ¡Qué cara de antipático tiene! Pues donde sea que me lleve ya hemos llegado.

Es otra sala igual de fría que la anterior pero al menos se parece más a una habitación. Es más pequeña pero sigo teniendo frio, mucho frio. SEGUIR LEYENDO

La botella de lejía

De entre las muchas historias de mi infancia que recuerdo, siempre ha estado muy presente en mi mente una historia en particular por más que ha pasado el tiempo.

Era una mañana calurosa de verano, tenía seis años recién cumplidos y me encontraba en el pasillo de casa jugando con unos muñecos de goma que representaban a vaqueros e indios ambos con sus caballos, rifles, pistolas y arcos.

Los disponía unos enfrente de otros para disputar una batalla incruenta en la que únicamente consistía en pasar el tiempo por mi parte hasta que llegara la hora de la comida pero cuando más distraído me encontraba mi madre me dijo “deja de jugar que nos vamos a la calle a comprar lejía que se me ha olvidado”. SEGUIR LEYENDO

A Ella…

No es necesario oírte decir “te quiero”, tú no tienes que decirme nada de viva voz porque son las caricias de tus miradas, el brillo de tus ojos, tu sonrisa, tus silencios, el latir de tu corazón, el contacto de tu mano cuando coges la mía, tu cabeza apoyada  en mi hombro, conciliar tu sueño a mi lado, tu olor, tu sabor, tus abrazos, tu presencia…todos y cada uno de ellos se transforman en tus sentimientos y emociones cuando estás a mi lado, de esa forma te expresas y me hablas ofreciéndome el mejor regalo que puedas darme: tu compañía, tu amistad, tu complicidad, tu ternura, tu sensibilidad, tu compromiso… a cada segundo de nuestras vidas compartidas me estás diciendo “te quiero”. SEGUIR LEYENDO

Antes yo era…

Antes yo era tu hijo, ahora soy tu padre. Antes tú me cuidabas, me alimentabas, me atendías, me educabas, me protegías…ahora yo te cuido, te alimento, te atiendo, te protejo y de alguna manera te educo en un aspecto de la vida que desconozco, que ignoro y que para enseñarte a desenvolverte en esa nueva etapa de tu vida, primero tengo que aprender yo para saber por lo menos que estoy tratando de hacerte entender.

Tu labor educativa para conmigo cuando era niño, dentro de la dificultad, era más sencilla, o eso creo yo, lo digo porque mi aprendizaje se basaba en tener que interiorizar las normas establecidas desde la lógica, el sentido común y del bien hacer, pero yo sin embargo he de enseñarte desde la incongruencia, desde la lógica ilógica y el sin sentido, tanto es así que mi mente no reacciona la mayoría de las veces por no decir siempre, mi mente piensa con lógica para entender lo ilógico, actúo con sentido común para intentar poner algo de razón a tanto sin sentido obteniendo como resultado acciones lógicas dentro de lo ilógico de la situación que solo conducen a una mayor confusión mutua. SEGUIR LEYENDO

El segundo…

Me acuerdo que era martes, pero no sería un martes cualquiera ese 17 de julio de 1984.

Me acuerdo que solo habían pasado siete meses muy justos cuando de madrugada empezaste a sentirte mal y decidimos ir al hospital para que te hicieran un reconocimiento.

Me acuerdo que decidieron internarte para ir viendo la evolución de tu estado aunque nos advirtieron que el parto entraba dentro de lo posible.

Me acuerdo de la compañía mutua que nos hicimos dentro del nerviosismo lógico de la situación. SEGUIR LEYENDO

El primero…

Como uno más, he vivido experiencias que, de alguna manera, cambiaron mi vida. Una de ellas que recuerdo con intensidad se produjo la noche del lunes 21 de julio de 1980.

Acabábamos de cenar, era una noche tranquila. Nos sentamos en el sofá para reposar la cena y poco a poco el sopor y el cansancio se fueron apoderando de nosotros mientras un  programa de la televisión nos ayudaba a pasar el tiempo preciso antes de disfrutar del necesario descanso diario.

Eran las 23:30 horas cuando decidimos retirarnos a descansar. Yo me disponía a entrar en la cama cuando en ese momento:

– ¡Ay, Antonio!

Nada más oír su reclamo fui lo más rápido posible donde ella se encontraba. Al entrar la vi parada de pie con el camisón remangado por encima de las rodillas y mirando al suelo. SEGUIR LEYENDO

El Perro callejero

Era el año 1959, tenía casi ocho años y para contar esta historia no tengo más remedio que desvelar un secreto que solo los más allegados conocen. En esa época la gente no me llamaba Antonio, me llamaban…

– ¡Toñinnn!

– ¡Si, mamá!

– Ven aquí corre.

¿Habré hecho algo?, no recuerdo haber hecho nada

– ¿Qué quieres mamá?

– Anda, toma la lechera y este dinero y ve a la lechería a por un litro de leche ¿sabrás?, mira que nunca has ido solo.

– Eh, si, si sé, eh ¿Qué es un litro?

– Tu di a Marisa que llene la lechera y la das el dinero que te doy, va justo, no tiene que devolverte nada. Venga y date prisa que la necesito. Cuando vuelvas te dejo salir a la calle con tus amigos. SEGUIR LEYENDO