El primero…

Como uno más, he vivido experiencias que, de alguna manera, cambiaron mi vida. Una de ellas que recuerdo con intensidad se produjo la noche del lunes 21 de julio de 1980.

Acabábamos de cenar, era una noche tranquila. Nos sentamos en el sofá para reposar la cena y poco a poco el sopor y el cansancio se fueron apoderando de nosotros mientras un  programa de la televisión nos ayudaba a pasar el tiempo preciso antes de disfrutar del necesario descanso diario.

Eran las 23:30 horas cuando decidimos retirarnos a descansar. Yo me disponía a entrar en la cama cuando en ese momento:

– ¡Ay, Antonio!

Nada más oír su reclamo fui lo más rápido posible donde ella se encontraba. Al entrar la vi parada de pie con el camisón remangado por encima de las rodillas y mirando al suelo.

– ¿Qué? ¿Qué pasa?

– ¡Ay, Antonio! ¡Ay, Antonio!

Con las prisas había acudido a su llamada descalzo y de repente empecé a sentir como las plantas de mis pies se humedecían debido a pisar una sustancia hasta entonces desconocida para mí. Miré al suelo y observé como un líquido semitransparente y de apariencia viscosa iba ganando terreno al pavimento de la estancia e impregnaba mis pies desnudos, entonces me di cuenta como ese líquido ligeramente denso y blanquecino bajaba por sus piernas dibujando diversos cursos de ríos por su piel camino del piso.

– ¡Ay, Antonio! ¡Que ya viene!

Nunca había imaginado como sería el acontecimiento de romper aguas, nunca imaginé como sería el hecho del que tanto oí hablar en las últimas semanas. Era nuestro primer hijo y no estaba previsto que llegará tan pronto, solo habían pasado ocho meses de embarazo. Aunque llevábamos un mes haciendo el curso de “parto sin dolor” impartido en persona por el propio doctor Aguirre de Cárcer todo nos pilló por sorpresa, se suponía que todavía nos quedaba otro mes de aprendizaje para obtener el título de “experto en partos”.

Mi reacción fue intuitiva. Tratando de controlar la situación me acerqué a ella con el fin de tranquilizarla:

– Tranquila, no pasa nada, estamos juntos, todo va a salir bien.

– ¡Ay, Antonio! ¡Que nervios!

– No, no, tranquila, ya verás como no hay problema. Nos vamos a arreglar sin nervios y vamos al hospital a que te vean. ¿Vale?

– Vale. Te estas manchando los pies y todo. Ten cuidado no te escurras.

– No te preocupes, todo está bien. Tú también ten cuidado.

La verdad es que esa preocupación no era para menos. Sentía como mis pies pisaban terreno resbaladizo y la posibilidad de caer la percibía como algo probable. Con precaución me aproximé a por el rollo de papel y arrodillándome intenté limpiar y secar sus piernas pero no resultaba muy efectivo.

– ¡Ay, Antonio! ¡Por Dios! Te estas poniendo perdido y no adelantamos nada. Déjame que me duche y terminamos antes.

– Llevas razón, va a ser mejor que nos duchemos.

La ayudé a entrar en el baño, la preparé la ducha y la dejé lavándose mientras yo limpiaba el suelo de ese líquido de tacto ya pastoso más que viscoso, de color algo más grisáceo que semitransparente y de un definido olor a flujo, a semen, a orina, a sexo o a una combinación de todos esos olores juntos. Lejos de sentir escrúpulos por el contacto con ese líquido de predicción de vida, mi cabeza pensaba a toda velocidad como ordenar todos los pasos a seguir hasta llegar al hospital.

Cuando terminó de lavarse la ayudé a salir del baño y seguidamente yo me di una ducha mientras ella se vestía e iba preparando una bolsa con las cosas que pensaba serían necesarias en el hospital. Más tarde, y sin que ella se diera cuenta, metí un casette y una cinta con la voz del doctor Aguirre de Cárcer grabada en la que iba dando las pautas del proceso de un parto.

Llegamos al hospital, después de un pequeño reconocimiento decidieron dejarla ingresada. Ya en la habitación nos dijeron que avisáramos si tuviera dolores de contracción y si estos se producían de una manera seguida y continua pero sin especificar más.

Ella se acostó mientras yo colocaba las cosas en el armario. Saqué el casette con su cinta sin que ella lo viera, lo enchufé y pulsé al play para que empezara su andadura. Cuando oyó la voz pausada, lenta, relajante y adormecida de su médico salvador se incorporó movida por la sorpresa queriendo ver de dónde venía. Con un gesto de cariño me dio las gracias por haber llevado esa grabación y a partir de ese momento su estado nervioso e inquieto se transformó en tranquilidad y seguridad como si escuchara una voz hipnotizadora.

Los dolores de contracción llegaron pero no avisamos, era como si todo lo que ocurría nos resultara normal o familiar. Yo controlaba con el reloj las pautas de las contracciones a la vez que la tenía cogida su mano en los momentos de dolor y dirigía su respiración. Gracias a esa grabación fuimos controlando tiempos, etapas y nervios. Mientras pasaba el tiempo oíamos carreras por el pasillo, llamadas, avisos y gritos de otra paciente que no se encontraba muy lejos de nuestra habitación y que no paraba de reclamar la asistencia de las enfermeras, por el contrario nosotros no dimos aviso alguno en ningún momento.

Después de casi siete horas de ir superando el proceso del parto a solas entre los dos, se acordaron de que otra paciente se encontraba en la habitación 207. Se presentó la comadrona toda extrañada de que no hubiéramos necesitado su servicio. La hizo un reconocimiento  y solo llegó a decir:

– ¡Pero si está coronando!

Llamó desde la habitación por teléfono y en menos de cinco minutos nos separábamos por primera vez en toda la noche mientras observaba como se alejaban hacia el paritorio. Media hora más tarde me acordé que podía haber asistido al parto. Lo teníamos hablado con su doctor, pero ni ella ni yo nos acordamos en ese instante y tampoco nadie nos lo ofreció.

A las 09:05 minutos de la mañana del martes 22 de julio de 1980 nació, con un peso de 2,250 Kg, nuestro primer hijo de nombre “Alejandro”.

Desde entonces, cuando “veo” un líquido semitransparente o grisáceo, cuando “toco” un elemento algo viscoso o gelatinoso, cuando “oigo” una voz pausada, lenta, relajante, adormecida e hipnotizadora o cuando “huelo” a vida, recuerdo aquella noche del lunes 21 de Julio de 1980. Esas sensaciones percibidas por esos cuatro sentidos me provocan el “gusto” de revivir ese recuerdo tan especial de mi vida.

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Una respuesta a “El primero…”

  1. Maravilloso recuerdo! Yo seguí ese curso para el parto sin dolor impartido por un discípulo de Aguirre de Cárcer… pero llegado el momento, como no dilataba y la comadrona no era muy partidaria el doctor decidió bajarme a quirófano, darme un poco de Pentotal y enseguida apareció Roger… conmigo dormida! Me dió rabia, la verdad, pero se me pasó en cuanto me lo pusieron sobre el pecho! Qué maravilla ser padres!!! Por muchos años!!!

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