Me acuerdo de…

Me acuerdo de la primera vez que vi el mar. Tenía casi tres años, es el primer recuerdo que tengo de mí vida. Pasábamos unos días en Málaga por trabajo de mi padre. Un día, mientras mi padre trabajaba, mi madre nos llevó a mi hermano y a mí a la playa. Todo su empeño era meterme los pies en el agua, pero yo encogía lo más posible mis piernas para evitar que esa masa enorme de agua me absorbiera, a la vez que no paraba de llorar y gritar.

Me acuerdo de los pollitos que mi madre me compró en el mercado. Todos y cada uno de los días bajábamos a hacer la compra necesaria para la comida. Siempre miraba la caja de cartón de la pollería llena de pollitos que no paraban de piar, no era necesario que se les promocionara, ellos lo hacían con el griterío que formaban. Tenía cinco años cuando mi madre me sorprendió comprándome uno de esos pollitos que parecían nubes de algodón amarillas. Se me encargó encarecidamente que cuidara de él. Lo primero que se me ocurrió fue poner un tazón con vino blanco y migas de pan para alimentarlo, como no comía agarré el pollito con una mano y con la otra le atiborré a sopas de vino, resultado: pollo muerto feliz por coma etílico. Día siguiente pollo nuevo, este le iba a cuidar bien y así fue hasta la hora de ir a dormir, no iba a dejarle dentro de la casa que ensuciara todo, conclusión: sacarlo a la terraza; invierno, Madrid, toda la noche, resultado: pollo muerto por congelación. Día siguiente pollo nuevo, juré cuidarle mejor que a mí mismo. Llegó la hora de dormir y desde luego frio no pasó, abrí el horno de la cocina y allí transcurrió la noche, resultado: pollo muerto por exceso de calor. No volví a tener pollitos nunca más.

Me acuerdo de los cables eléctricos forrados de tela que bordeaban los rincones y perímetros de las paredes, a la vez que se retorcían en el transcurrir de su camino del interruptor al casquillo colgante con su bombilla.

Me acuerdo de los interruptores de luz de cerámica con su manivela a la que había que girar 90 o 180 grados para encender o apagar.

Me acuerdo de lo contento que me ponía cuando a mi madre se le cortaba la leche al cocerla porque ese día comía algo que llamaba requesón con azúcar. Os cuento un secreto: a veces echaba unas gotitas de limón mientras se cocía la leche para que se cortara y poder comer requesón. Dejé de hacerlo cuando vi a mi madre reprochar a la lechera que la vendía leche en malas condiciones.

Me acuerdo de mi primer día de colegio. Tenía seis años, en aquella época esa era la edad de escolarización. Mi madre nunca me había dejado solo y mucho menos rodeado de gente a quien no conocía. Fue todo un trauma.

Me acuerdo de como ayudaba a mi madre a limpiar las legumbres o el arroz para apartar alguna piedra o intruso no deseado en nuestra alimentación.

Me acuerdo de Rosa Mari, una niña que vivía en la puerta de enfrente. Rosa Mari, que tenía nueve años y yo seis, me enseñó a jugar a los médicos. El juego consistía en desnudarnos para hacernos un reconocimiento. Todo mi empeño era encontrar algo que no veía y el suyo tocar lo que en mi era evidente. Tengo mucho que agradecer a Rosa Mari porque fue el juego que más me gustó de niño y a estas alturas aún me sigue gustando. ¡Ahí lo dejo por si acaso!

Me acuerdo del día que informé a mis padres de algo que creí fundamental. Tenía nueve años  y mi objetivo era sacarles de su error. “Pero como podéis estar tan equivocados” “los reyes magos no existen” “no me puedo creer que no sepáis que vosotros sois los reyes”. Las caras de mis padres expresaban sorpresa, incredulidad, risas contenidas…eran todo un poema.

Me acuerdo del día que saqué a mis padres de otro gran error. Tenía diez años: “Los niños no los trae la cigüeña” “El papá mete su colita en la mamá, deja no sé que dentro de ella y después nace un niño” Por este motivo, mi madre se ha estado persignando hasta el último día de su vida. Yo no pensaba que mis padres me engañaban, estaba convencido de su ignorancia ¿Pero cómo podía ser que no supieran esas cosas?

Me acuerdo de mis canicas. Tenía de barro, de china, de acero y de cristal. Mis hijos han jugado con ellas y a día de hoy todavía conservo mi colección de canicas.

Me acuerdo de las colecciones de cromos que iba pegando en sus respectivos álbumes. Con los repes formaba mazos de cromos que utilizaba como moneda de cambio en mis juegos: Chapas, tacón, canicas, al clavo, a los palillos, a la taba, a la pared…

Me acuerdo del doctor Jaramillo, un doctor naturista al que mi madre le tenía mucha fe y él se la recompensaba prescribiéndome compresas con sabanas empapadas en agua helada alternando con otras de agua hirviendo, para que mi cuerpo reaccionara bajando la fiebre.

Me acuerdo de cuando mi madre caía enferma y yo me hacía cargo de atender la casa y la comida. Mi madre era diagnosticada de ataques de ciática con frecuencia cuando años más tarde se descubrió que se trataba de una hernia discal. Cuando caía enferma debía quedar en cama durante largo tiempo por lo que yo, que era el único que quedaba en casa con ella, me hacía cargo de la casa, de lavar la ropa pequeña y de hacer la comida siguiendo las instrucciones que ella me daba desde la cama. La primera vez yo solo tenía diez años.

Me acuerdo de los vapores de eucaliptos ardiendo como remedio cuando tenía catarro. Otro gran invento del doctor Jaramillo. Consistía en poner una cacerola con agua y eucaliptos a cocer, cuando estaba hirviendo me colocaban la cabeza a una corta distancia de la cacerola tapándome con una toalla para que no se escapara el vapor y poderlo respirar más directamente. ¿Sabéis el calor que sentía en mi cara y mis fosas nasales? ¡No os lo podéis imaginar! pero la verdad es que esa tortura era eficaz y me aliviaba bastante.

Me acuerdo el año que por el día de Reyes me regalaron un balón de reglamento y unas botas de futbol. Tenía doce años, el balón era de cuero con una abertura por la que meter la badana que había que inflar; luego a esa badana se la hacía una lazada como si fuera un zapato. Las botas eran de un plástico endurecido con sus tacos correspondientes en la suela. No hace falta decir que era O Rey Pelé.

Me acuerdo del día que me operaron de amígdalas. Tenía trece años, me sentaron encima de un enfermero de complexión fuerte al que me ataron con una sábana para inmovilizarme. A día de hoy todavía debe conservar alguno de los hematomas que le produje a base de patadas aun estando atado.

Me acuerdo de la primera vez que experimenté la sexualidad en mí mismo. Tenía catorce años, Gil Edo, un compañero y amigo de clase, me explicó cómo hacerlo. Ahí entendí mi juego infantil e inocente con mi vecina Rosa Mari.

Me acuerdo de como mi carrera militar se vio truncada antes de empezar. Tenía dieciocho años, mi objetivo era entrar la escuela del ejército del aire en San Javier y hacer mis estudios de piloto de caza. Superé las pruebas físicas y teóricas para la admisión, pero no superé un certificado de penales de mi padre en el que figuraba una condena de pena de muerte por haber sido comandante de aviación de la república. Aunque la pena fue conmutada en su momento oportuno por una cadena perpetua se ve que, tantos años después, todavía no estaba olvidada.

Me acuerdo de los maxi-abrigos, en concreto de uno color lila que llevaba una rubia con ojos color miel, a la que un día paré en la calle para preguntarla si aceptaba venir junto con sus amigas, a un guateque en casa de mi amigo Javier.

Me acuerdo de la llegada de la minifalda. No recuerdo una en particular, recuerdo todas en general.

Me acuerdo de mi primer beso. Fue un trece de junio en la discoteca JJ bailando con la chica rubia de ojos color miel mientras éramos arropados por la música de Mari Trini y los acordes de su canción “Amores”.

Me acuerdo de un beso robado, furtivo, casual y accidental que me hizo estremecer y cambio mi vida. Se produjo al desear felices vacaciones a una morena traviesa y juguetona, de grandes ojos negros, cargada de vitalidad y entusiasmo. Ninguno de los dos buscaba ni pretendía nada pero al buscar nuestras mejillas nuestros rostros fueron en la misma dirección y, aunque tratamos de esquivar lo que ya era inevitable, nuestros labios se encontraron suavemente. Se trataba de una despedida por un tiempo de quince días y se convirtió en una bienvenida que ya dura más de veinte años.

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Una respuesta a “Me acuerdo de…”

  1. No puedo decirte nada …y no sé si esto te llegara pero eres estupendo escribiendo y haciendo sentir tus vivencias
    Solo puedo decirte que sigas personalmente me encanta quizás porque yo también viví ese tiempo . Sigue por favor
    No pares

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