El tercero…

Transcurría la segunda semana del mes de febrero de 1988 y por mucho que pase el tiempo la familia de mi padre recordará, de una manera muy particular, los tres sucesos acaecidos entre el miércoles y el sábado de esa semana.

Solo la boda de mi prima AnaBel (sobrina de mí padre y por lo tanto prima mía), era el único acontecimiento de los tres que estaba previsto que sucediera, los otros dos se presentaron por sorpresa. Uno de ellos fue el nacimiento de Fernando (mi tercer hijo), nacimiento con lo que ello conllevaba de alegría pero a la vez de preocupación al ser de nuevo un parto “prematuro”. El tercer evento no previsto, y que truncó la alegría de los dos anteriores, estuvo motivado por la desgracia y tristeza de perder a un miembro de la familia, mi tío Rubio (hermano de mí padre).

Juani se encontraba embarazada por tercera vez y se hallaba en el séptimo mes de gestación. Habían pasado cuatro años del duro desenlace de nuestro segundo proyecto como padres. Todo iba bien con el embarazo. Dadas las circunstancias llevaba controles exhaustivos con una periodicidad más corta de lo habitual pero aun así, los nervios cada vez se hacían más presentes ante la incertidumbre de si en esta ocasión el tiempo de gestación sería el adecuado o se produciría otro nuevo parto prematuro, como al final ocurrió.

Ella seguía trabajando normalmente, su jornada era de 08:00 a 17:00 ya que disponía de una hora para comer. La idea era que siguiera haciéndolo hasta unas semanas antes de que saliera de cuentas a no ser que se la presentaran problemas o molestias, pero hasta ese momento todo transcurría con normalidad. Mi jornada era más corta, entraba a las 09:00 y salía a las 17:00 (privilegios de trabajar en la Administración Pública). Ese horario me facilitaba poder llevar y recoger a Juani de su trabajo y evitar, de ese modo, el posible problema de conducir en su estado. Alejandro, que ya iba camino de los ocho años, volvía en la ruta del colegio y llegaba a casa cerca de las 18:00 con lo cual todos los horarios se acomodaban.

Todos los días llamaba a mi madre desde el trabajo cuando volvía de comer, mi horario de comida era de 13:00 a 14:00 y ya hacía casi una hora que había hablado con ella cuando recibí una nueva llamada telefónica de mi madre. Era el día diez de febrero, miércoles de la semana que nos ocupa, el motivo de la llamada fue todo un impacto “acababa de morir mi tío Rubio”. Con voz entrecortada, nada más atinó a comentarme donde se encontraba el velatorio y que estaban acompañándole solas mi tía Pitu (su mujer) y mi prima Nieves (una de sus tres hijos).

Mi tío no atravesaba por uno de sus mejores momentos de salud pero para mí se hacía impensable la posibilidad de su desaparición. Se le conocía como el tío Rubio debido a su color de pelo, ojos y tono de piel, imagino que se le empezaría a llamar así de niño para mitigar su nombre real “Gumersindo”, demasiado nombre para un niño, solo los familiares más próximos a él le llamaban “Gumer”. El tío Rubio era un tanto peculiar, infringía respeto, de carácter serio, no tengo recuerdos de él riendo. Cuando yo era niño las relaciones familiares eran más estrechas que hoy día por mucho que las distancias nos separaran. No había televisión, ni teléfono, ni diversiones…no había dinero, pero lo que si había era familia y sobre todo primos. El caso es que las familias estaban muy unidas y por lo tanto se habían tenido vivencias muy cercanas y de toda índole lo que hacía más triste la pérdida de un miembro de la familia.

Inmediatamente llamé a Juani para informarla y proponerla ir a acompañar a mi tía y a mi prima, por poco tiempo que fuera, para que no se encontraran tan solas. Cuando nos vieron llegar, conocedoras del estado de Juani y de su problema de partos prematuros, se preocuparon por si se pudiera ver afectada por estar allí. Las tranquilizamos ya que hasta ese momento todo iba bien y no había motivos de preocupación. No fue mucha la compañía que las hicimos ya que a las seis llegaba Alejandro del colegio pero lo suficiente como para darlas un abrazo y ofrecernos para lo que necesitaran.

El día siguiente amanecimos como cualquier otro día más. Se prepararon los desayunos, duchas, ropa…Alejandro se fue al colegio en la ruta que le recogía a puerta de casa, mientras nosotros seguíamos ordenando y recogiendo como siempre. Cuando nos disponíamos a salir para ir a nuestros respectivos trabajos Juani se sintió incomoda. Optamos por esperar a ver si eran molestias a tomar en consideración. Las molestias no desaparecían por lo que decidimos acercarnos al hospital y así despejar dudas. Nada más llegar se la hizo un reconocimiento y recomendaron su ingreso para ver su evolución.

Como parecía que se iba a prolongar en el tiempo nuestra estancia en el hospital y dada la experiencia de las dos ocasiones anteriores, llamé a mi madre pidiéndola que fuera a casa por la tarde para atender a Alejandro cuando llegara del colegio.

El día iba transcurriendo con oscilaciones de nervios, monotonía y preocupación. Toda mi intención era demostrar por mi parte un comportamiento de normalidad para mantenerla tranquila. Tratábamos de pasar el tiempo charlando, anticipando acontecimientos o viendo la televisión pero lo que no queríamos que ocurriera sucedió y sin previo aviso rompió aguas. Si antes estaba controlada a partir de ese momento lo estuvo más. Al haber roto aguas parecía que lo más lógico era ayudarla a ponerse de parto, ya no había marcha atrás. Pasamos el resto de la tarde y la noche esperando que su estado evolucionara positivamente para lograr que pariese de forma natural.

Amaneció un nuevo día y todo seguía igual. El doctor pasó en dos ocasiones a lo largo de la mañana y en la última visita dejó las cosas claras “de seguir así no va haber más remedio que hacer una cesárea porque la vida del niño corre peligro” ya eran muchas horas de espera y aunque todo estaba monitorizado y por ahora los controles eran correctos, el niño no podía seguir en esas condiciones, pero siguió con sus propuestas “ya que parece prácticamente seguro que se va a practicar una cesárea lo recomendable seria llevar a cabo una ligadura de trompas para evitar otros posibles futuros embarazos”. La propuesta tenía su lógica ya que, además que no conseguía llegar a termino con los embarazos, Juani y yo éramos, somos, incompatibles en sangre y por lo que parece según se van teniendo embarazos los riesgos y problemas se multiplican en estos casos y nosotros ya íbamos por el tercero, con lo cual había que poner remedios.

Una intervención quirúrgica no era la quimera de sus sueños y menos la segunda parte de sufrir  una ligadura de trompas con lo que ello conlleva a una mujer de efectos secundarios, pero ese problema lo solucioné de forma inmediata y determinante ofreciéndome para ser yo, y no ella, quien pasara por quirófano y hacerme una vasectomía.

Lejos de tranquilizar sus nervios esta conversación los agudizó y eso ayudó a la aparición de contracciones que se hacían más frecuentes  según pasaba el tiempo. Pasadas dos horas estaban bajándola al paritorio y a las 14:20 horas del 12 de febrero de 1988 nacía nuestro tercer hijo al que llamaríamos Fernando Miguel.

Cuando subieron a Juani a la habitación me informaron que el parto había ido sin problemas, ella se encontraba todo lo bien que se podía esperar después de una odisea de poco más de veinticuatro horas. Su aspecto era de agotamiento sereno pero quedaba por despejar la preocupación del estado general del recién nacido. Esa preocupación no desaparecería hasta ser informados por el pediatra una vez le hubiera realizado el reconocimiento clásico para un recién nacido en su situación de prematuro.

Pasada más de media hora, y aprovechando que Juani se encontraba estable, bajé a la sala de incubadoras con la esperanza de recibir noticias aunque no había sido llamado para recibir información alguna pero necesitábamos saber algo por poco que fuera. La sala se podía ver a través de un cristal, allí había dos enfermeras atendiendo a los bebes, una de ellas me miró y me sonrió. La hice una señal para que saliera a hablar y accedió.

– Buenas tardes mi mujer acaba de dar a luz sobre las 14:30, estamos en la habitación 207, me preguntaba si podría dar alguna información previa a la del doctor.

– Mire su hijo se encuentra en la incubadora donde está ahora mi compañera y el doctor por lo menos hasta las cinco no se pasa.

– ¿Le pasa algo al niño? ¿Qué le hace su compañera?

– Nada, no se preocupe, está muy bien, ya le informara el doctor

– ¿seguro que está bien?

– está muy bien, pero el doctor será quien le dé la información completa

– entonces ¿podemos estar tranquilos?

– por supuesto que sí, ya le digo que no tiene por qué preocuparse

– ¿no tiene ningún problema?

– bueno, ya que insiste tanto le diré que lo único que yo le veo es que tiene las orejas un poco grandes

Alejandro (el primero) fue ochomesino, pesó 2250 gramos. Carlos (el segundo) nació en la barrera de los seis y los siete meses de gestación, pesó 1650 gramos y pasados tres días nos dijo adiós. Fernando Miguel (el tercero) sietemesino nació con un peso de 1965 gramos, otro parto más sin llegar a término. Estaba claro que yo no me refería a su apariencia. A mí me preocupaban otras clases de problemas. Era el tercero y la historia se repetía, solo que en este caso todo salió bien y acaba de cumplir los veintinueve, ¡Ah! Y sus orejas son normales, o por lo menos a mí me lo parecen.

El mismo día del nacimiento de Fernando se incineraba a mi tío fallecido. Al día siguiente su mujer e hijos, acompañados de otros familiares directos, recogieron sus cenizas para ser llevadas al enclave elegido por la familia para esparcirlas. Por la tarde se casó mi prima Anabel como estaba previsto. Fue una semana en la que se dieron cita tres de las facetas más importantes de una existencia “muerte” “vida” y “celebración”. Fue una semana intensa para la familia Gallardo aquella del mes de febrero de 1988.

Print Friendly, PDF & Email

Una respuesta a “El tercero…”

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *