Recuerdo de una “Nochebuena” contado en presente

Es 24 de diciembre de 1958, tengo siete años y esta noche es “nochebuena”. Hoy es un día especial porque significa que mi abuela, la única abuela que tengo, viene a pasar todas las fiestas con nosotros como ocurre todos los años. Que venga mi abuela a casa en estas fechas navideñas quiere decir que el ambiente rutinario y monótono de la vida familiar se altera. Mi abuela supone estar acompañado durante todo el día, salir de paseo, dormir con mi hermano aunque él protesta, colocar un belén, comprar turrón y dulces, y lo más importante de todo: “escribir la carta a los reyes magos”.

Con todo lo novedoso que parece todo, este año, hoy en particular, se va a producir un acontecimiento más. Mi madre acaba de decirnos a mi hermano y a mí, que nos quedamos solos en casa mientras ellos van a buscar a mi abuela. Es la primera vez que sucede y el quedarme solo bajo la tutela de mi hermano es algo que me ilusiona. Mi hermano tiene ocho años más que yo, y para él nunca es buen momento para estar conmigo, siempre tiene excusas: el trabajo (trabaja desde los 14 años), los estudios, sus amigos…nunca es buen momento para compartir un tiempo juntos.

Al contrario que a mí, a mi hermano no le ha gustado mucho la idea de quedarnos solos en casa, o al menos eso me ha parecido con su insistencia de ir los cuatro a buscar a la abuela, pero no le ha servido de nada.

Desde que mi madre nos dio la noticia llevo esperando el momento en que se vayan, nunca nos hemos quedado solos y para mi es toda una aventura. Por fin mis padres se despiden de nosotros y dan las últimas instrucciones a mi hermano y le dejan bien claro que quedo bajo su responsabilidad al igual que la casa. He atendido bien a todas las palabras que mis padres acaban de dirigir a mi hermano pero no sé porque extraña razón ya no me acuerdo de ninguna de ellas. De lo que si me acuerdo es que mis padres han dicho que tardaran como tres horas. No sé muy bien cuanto tiempo es, pero me suena a mucho.

Aunque son las 17:30 horas ya es de noche y está lloviendo con fuerza. Yo voy a lo mío pero pronto me doy cuenta que mi idea de tarde especial entre hermanos se derrumba. Por más que le acoso para que juguemos no lo consigo, es inútil “no está de humor”. En vista de lo cual, y buscando hacer algo motivador que mitigue mi frustración, he decidido ponerme a escribir la carta a los reyes magos y así le daré una sorpresa a mi abuela cuando llegue.

Cojo mi lapicero, mis pinturas y mi cuaderno y empiezo a escribir mi carta:

Queridos Reyes Magos, este año he sido muy bueno, he obedecido a mamá y a papá…

– Toñin! (me llama mi hermano)

Mi hermano me llama ¿Qué querrá? Tiro el lápiz sobre la mesa y voy corriendo al pasillo desde donde mi hermano me ha llamado.

– ¿Qué quieres?

– Mira, la luz de la terraza se enciende y se apaga sola.

Nuestra casa es un ático con una terraza para mí enorme (9 m2). En verano es mi lugar preferido de la casa pero en invierno…y más con la tormenta que está cayendo. La terraza tiene su puerta, que al igual que todas las puertas de la casa, tiene como una ventana pequeña por encima de ella.

– Es verdad, se enciende y se apaga. ¿Qué pasa?

– Asómate y mira si hay alguien

– Yo ¿Por qué? Ve tú, eres mayor y además está lloviendo y hace mucho viento.

– No, ve tú, yo te lo mando.

– No, yo no salgo afuera.

– Pues entonces mira por toda la casa si hay alguien. Yo mientras voy al baño y me cuentas.

Mientras mi hermano se mete en el baño yo me dispongo a hacer una revisión de la casa, pero por si acaso me encuentro con alguien voy a coger un cuchillo de la cocina. Mejor cojo el cuchillo grande y largo. ¡Jolín, lo que pesa!

Una vez revisada toda la casa le informo a mi hermano

– Ya he mirado por toda la casa y no hay nadie.

– ¿Por qué te cierras? Déjame pasar

– ¿Has mirado debajo las camas?

– No

– Pues mira, corre

Ahora a mirar debajo de las camas. La luz se sigue apagando y encendiendo. Bueno pero no hay nadie, no pasa nada. Me asomo debajo de la cama de mis padres y ¡sorpresa! Anda, mira la pelota con la que rompí el jarrón a mi madre, no la tiró, solo la había escondido debajo de su cama, pues me la quedo.

– Ya he mirado por todos los sitios y no hay nadie. Puedes salir

– ¿has mirado en la terraza?

– Que no, que yo no salgo afuera. Sal tú si quieres.

– No, yo no salgo hasta que no lleguen papá y mamá con la abuela.

– Pues déjame entrar.

– No, tú quédate ahí fuera por si acaso.

Bueno, me pongo a jugar con la pelota. La portería es la puerta del baño donde está mi hermano, a ver si meto gol.

– ¡Toma!, ¡vaya disparo!, ¡que golazo! (el chut pegó fuerte en la puerta del baño)

– ¿Qué ha sido esoooooo? (gritó aterrorizado mi hermano).

– Estoy jugando a la pelota.

– Déjalo ahora mismo o si no luego te enteras (en tono amenazante).

– vale, ¿y qué hago entonces?

No obtengo respuesta

¡Ay! Pero si estaba escribiendo la carta a los reyes, voy a seguir escribiendo a los reyes.

Pasado el tiempo la puerta de casa se abre, yo me asusto, cojo el cuchillo de cocina y sin pensarlo dos veces me voy para la puerta pero era una falsa alarma, todo estaba bien “eran mis padres y mi abuela”.

– ¿Qué haces con ese cuchillo? ¿Dónde vas? ¿Y tú hermano?

– es que yo…

– ¿Qué donde está tu hermano?

– Es que José Manuel me ha dicho que…

No creo que haga falta contar como acaba la historia. Mi hermano se llevó una bofetada de mi padre y fue castigado durante un tiempo. Yo me llevé un azote de mi madre por coger el cuchillo y otro más por sacar la pelota de su escondite, menos mal que estaba la abogada de pleitos pobres de mi abuela.

Hoy me he acordado de esos dos azotes y aquella nochebuena que no fue tan buena para nadie, o quizás desde el recuerdo fuera la mejor nochebuena que he pasado en mi infancia.

El misterio de la luz se debía a que alguien se había olvidado apagar el interruptor de esa bombilla. El casquillo tenía un falso contacto y el viento hacia que se encendiera y apagara al mover con su fuerza el cable exterior.

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