La botella de lejía

De entre las muchas historias de mi infancia que recuerdo, siempre ha estado muy presente en mi mente una historia en particular por más que ha pasado el tiempo.

Era una mañana calurosa de verano, tenía seis años recién cumplidos y me encontraba en el pasillo de casa jugando con unos muñecos de goma que representaban a vaqueros e indios ambos con sus caballos, rifles, pistolas y arcos.

Los disponía unos enfrente de otros para disputar una batalla incruenta en la que únicamente consistía en pasar el tiempo por mi parte hasta que llegara la hora de la comida pero cuando más distraído me encontraba mi madre me dijo “deja de jugar que nos vamos a la calle a comprar lejía que se me ha olvidado”.

En esa época, mi época, se hacia la compra a diario ya que no había donde conservar los alimentos, lo único que existía era una especie de armario exterior que se llamaba fresquera y que en el invierno se utilizaba para la conservación, por corto espacio de tiempo, de algunos alimentos, y en el verano se utilizaba cómo despensa de productos no perecederos; la nevera o el frigorífico no habían entrado todavía en las casas, por lo menos en las casas humildes y por lo tanto nuestras madres se veían obligadas a bajar todos los días al mercado a comprar lo que se iba a consumir o necesitar en el día.

Ese día ya habíamos hecho la compra pero en ocasiones había que volver a bajar de nuevo ya que los carritos de la compra con ruedas tampoco existían y solo se disponía de uno o dos capachos como mucho y no siempre entraba a la primera todo lo que se necesitaba o era demasiado peso el que se llevaba pero en esta ocasión parece ser que el bajar otra vez  fue un olvido, “se había olvidado comprar lejía”.

Como siempre que salíamos a la calle iba cogido de la mano de mi madre y en la otra llevaba su capacho, por mi mente era imposible que se pasara la idea de soltarme de su mano, no es que en aquel entonces hubiera los peligros de ahora, los coches casi eran inexistentes por las calles de mi entorno, podría pasar uno cada veinte o treinta minutos, nuestras casas eran como la frontera al más allá, después de nosotros solo había campo con lo cual la circulación motorizada era un acontecimiento, no había de donde venir ni adonde ir pero aun así tanto para ella como para mí era un motivo de tranquilidad y seguridad ir cogidos de la mano.

La tienda no estaba lejos, no había más de doscientos metros, pero ese recorrido se podía hacer eterno. Era muy habitual frecuentes paradas con conocidas o vecinas que al igual que nosotros realizaban la tarea de la compra, algunas de esas mujeres con las que departía mi madre también llevaban bicho cogido de la mano, si era chico las miradas podían ser amistosas, desconfiadas, fijas y en algunas ocasiones desafiantes y si eran chicas me atrincheraba en la retaguardia de las piernas protectoras de mi madre como si conmigo no fuera nada de lo que allí pasaba.

Por fin llegamos a la tienda, la tienda era un tanto lúgubre, oscura, como con poca limpieza, algo desordenada, con un olor penetrante que pudiera ser a la lejía o a amoniaco y como no, tuvimos que esperar cola. Había como cuatro personas delante, menos mal que no se tardaba mucho, eran dos dependientes atendiendo detrás de un mostrador de madera carcomida y las compras que se hacían eran estropajos, bayetas, jabones (Lagarto por supuesto) y otros artículos de limpieza, por fin nos toca a nosotros, no recuerdo como se llamaba el dependiente que nos atendió pero allí nos conocíamos todos:

Buenos días Ana, ¿Qué desea?

Quería un litro de lejía

Claro está la botella la llevaba mi madre y solo había que rellenarla, era una botella verde oscura y con un tapón de corcho que no era fácil de sacar. Volvieron con la botella llena, la pusieron el tapón y la pasaron una bayeta antes de dársela a mi madre quien seguidamente la guardó en el capacho y procedió a pagar su importe, no recuerdo cuanto fue porque con seis años no entendía muy bien del valor del dinero, se despidieron amigablemente y por fin salimos a respirar aire sano a la calle.

Como no podía ser de otra manera nos paramos a hablar con otras dos mujeres a las que no conocía, y otra cosa no será pero cuando mi madre se paraba a hablar tardaba lo suyo en volver a arrancar, yo las miraba como atendiendo a su conversación pero no recuerdo nada de lo que hablaban.

De repente en mitad de esa tediosa e interminable conversación, sin saber cómo ni porque el suelo del capacho de mi madre se rompió y cayó al suelo la botella de lejía produciéndose una gran explosión, mi madre soltó mi mano y empezó a dar gritos, las mujeres se asustaron y se pusieron a gritar, en un instante se formó un grupo de personas alrededor de mi madre, yo estaba asustado ¿pero qué había pasado? Tumbaron a mi madre en el suelo y entonces vi como el casco del culo de botella lo tenía clavado en el pie a la altura del tobillo y salía gran cantidad de sangre.

Todo eran gritos y gritos y entre tanto desconcierto eche a correr y a correr, y corrí y corrí durante un tiempo sin control hasta sin saber cómo vi que estaba en el portal de casa, me quede allí parado con la respiración agitada, no sabía que hacer pero sentí miedo de perder a mi madre, de no saber qué sería de ella, cruce a la acera de enfrente y me senté en el bordillo todo agitado, nervioso y llorando.

Al cabo de un tiempo vi como traían a mi madre entre varias personas, todo era alteración, al llegar al portal mi madre me vio sentado en la acera de enfrente y empezó a decir “ahí está, ahí está, es mi hijo, es mi hijo”. Una señora vino a por mí, me cogió de la mano y subimos a casa mientras me decía “tranquilo mama está bien”. No sé qué pasaría más, yo me metí en una habitación a la que llamaban cuarto de estar y allí me quede mientras no paraba de pasar gente por casa. Al cabo de un rato, que no sabría decir si fue largo o corto, llegó un médico o eso parecía, llevaba un maletín de médico por lo menos, me asomé entre la abertura de la puerta y vi como intentaba quitarla el casco de botella clavado en su pie, me volví a asustar y me fui a la habitación de nuevo, desde allí oía sus gritos. Por lo que me entere más tarde esos gritos eran debidos a los puntos que la estaban dando en vivo, la dieron doce puntos.

No recuerdo mucho más pero es una historia de mi infancia que me persigue desde entonces y que no termino de perdonarme que echara a correr y a correr dejando sola a mi madre.

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