El segundo…

Me acuerdo que era martes, pero no sería un martes cualquiera ese 17 de julio de 1984.

Me acuerdo que solo habían pasado siete meses muy justos cuando de madrugada empezaste a sentirte mal y decidimos ir al hospital para que te hicieran un reconocimiento.

Me acuerdo que decidieron internarte para ir viendo la evolución de tu estado aunque nos advirtieron que el parto entraba dentro de lo posible.

Me acuerdo de la compañía mutua que nos hicimos dentro del nerviosismo lógico de la situación.

Me acuerdo que te hicieron un control y tu médico favorito, el doctor López Nuevo que formaba parte del equipo del doctor López Alberca, nos informó que había que bajarte al paritorio.

Me acuerdo que eran las cuatro y media de la tarde cuando me quedé solo en la habitación a la espera de noticias.

Me acuerdo que para sentirme acompañado veía la TV y empezaron a retransmitir una corrida de toros. Cuando salió el primer toro al ruedo, además de su peso y ganadería, dieron su nombre: “Corre Cielos”.

Me acuerdo cuando te subieron de nuevo medio adormilada todavía, pero con la lucidez suficiente para decirme que todo había salido bien y que a las 17:05 se había producido el nacimiento de nuestro segundo hijo. Lógicamente, al ser prematuro y de bajo peso (1,650 kG), fue llevado a la unidad de incubadoras pero por ahí ya habíamos pasado hacía cuatro años a falta de cinco días por lo que no nos era desconocido el lugar. Al cabo de una hora escasa me hicieron bajar para hablar con el pediatra que le había hecho el primer reconocimiento. Todo estaba bien, no había de que preocuparse, esas fueron sus palabras. Suficiente para darnos confianza y seguridad para pensar que todo había pasado.

Me acuerdo que en ese momento fue la primera vez que le vi. Estaba en tercera línea de cunas pero fue suficiente para sentirle cerca, muy cerca. Permanecía dormido, tranquilo, como si todo en la vida fuera fácil, simple y quitara importancia a su existencia.

Me acuerdo que la familia fue pasando a cuenta gotas porque, hasta que no estuviste en la habitación, no habíamos informado a nadie, tal y como lo acordamos. Al margen de los abuelos, lo que más ilusión me hizo fue dar la noticia a Alejandro, él era el que solo cinco días más tarde cumpliría cuatro años.

Me acuerdo de la gran ilusión que tenía por conocer a su hermano. Le cogí en brazos para auparle y pudiera ver más allá del cristal que nos separaba de la felicidad. Sus ojos, su cara, todo en él transmitía expresividad. Según le tenía en brazos se abrazó a mi cuello, reposó su cabeza en mi hombro y me pidió que se llamara “Carlos”. Siempre habíamos dicho que el nombre del segundo lo elegiría yo y no lo dude un momento, elegí llamarle Carlos.

Me acuerdo que el día siguiente fue todo alegría, visitas, felicitaciones…todos habían pasado por la sala a verle hasta que por fin pudiste hacerlo tú. Te lo presenté pero no habría hecho falta decirte nada para que supieras quien era con total exactitud. Esperábamos que alguien saliera a darnos noticias. Yo había bajado tantas veces que ya me conocían. Una de las enfermeras salió y nos comentó que todo estaba muy bien, que era muy tranquilo. Allí estuvimos un buen rato contemplando sin parpadear al nuevo miembro de la familia hasta que te aconsejé volver a la habitación.

Me acuerdo que el día diecinueve empezó igual que el anterior hasta que, a primeras de la tarde, llamaron por teléfono a la habitación para pedirme que bajara, me explicaron que el doctor, que era el pediatra de guardia, quería comentar conmigo su evolución. Al llegar a la sala el doctor me esperaba como en la primera ocasión pero algo había cambiado. Según me acercaba a la cristalera observé trasiego, agitación al otro lado y un biombo de tela blanca ocultando la realidad de lo que allí pasaba.

– He de decirle que se ha producido una complicación. Estamos luchando contra hemorragia pulmonar, por ahora no le puedo decir mucho más, la situación es delicada pero esperemos que lo podamos controlar. Es relativamente frecuente que los niños prematuros presenten alguna dificultad pero no hay que ponerse en lo peor, si no se lo diría.

Me acuerdo como subí las escaleras para volver hacia ti. Intentaba asimilar la noticia y como decirte lo que ocurría. Antes de entrar en nuestra habitación di un par de vueltas por el pasillo de la planta para ensayar mis palabras. Por fin entré y te lo conté. Tampoco hizo falta decirte mucho más, tú ya sabias cual sería el final mientras yo seguía convencido de que se iba a solucionar. A partir de ese momento todo se convirtió en silencio entre nosotros pero que en alguna ocasión rompíamos con alguna palabra sin sentido para dar un aire de normalidad.

Me acuerdo que en más o menos una hora sonó de nuevo el teléfono requiriendo mi presencia para una nueva información. Al bajar allí estaba el doctor otra vez:

– He de decirle que la hemorragia pulmonar se ha extendido al cerebro. Esto ya es irreversible. Estamos luchando por sacarle adelante pero no aseguro éxito en nuestro intento y en el caso de que lo hubiera las consecuencias no serían nada buenas.

– ¿De qué consecuencias estamos hablando?

– Quedaría como un vegetal de por vida, si a eso se le pudiera llamar vida.

¿Está completamente seguro de ello?

Totalmente.

– ¿Sin un ápice de esperanza?

– Se lo aseguro, ni siquiera un milagro.

¿Qué se puede hacer?

– No le entiendo, ya le he dicho cuál es la situación.

– Quiero decir ¿se puede hacer no hacer nada?

– Eso es algo muy personal.

– ¿Usted qué haría en mi caso?

– Quizás lo que usted está pensando.

Voy a hablar con mi mujer y le doy una respuesta.

Me acuerdo que en esta ocasión subí la escalera con decisión y rapidez. Te conté la conversación y estuvimos de acuerdo una vez más como casi siempre. Volví a bajar para dar el veredicto y el doctor no puso ninguna objeción. Me comentó que subiría para hablar contigo, para hablar con los dos. Así lo hizo, sus palabras fueron de apoyo, comprensión y ahí terminó toda nuestra ilusión.

Me acuerdo que cuando se fue el doctor, eche a llorar y que tú eras quien me trataba de consolar. En ese escenario aparecieron Miguel, Aurora, Paco y Mise con regalos y ramos de flores.

Me acuerdo cuando llamé a los abuelos para decírselo.

Me acuerdo cuando se lo dije a Alejandro, no sabía muy bien cómo explicar a un niño de cuatro años lo que había acontecido. Le lleve a la calle a dar un paseo, le llevaba cogido de la mano, le fui contando cronológicamente lo que había sucedido. Iba serio escuchando, me apretaba la mano como si no quisiera soltarla nunca. Solo dijo una cosa ¿no le vamos a ver nunca? ¿Por qué?

Me acuerdo que el día siguiente, día veinte de julio de 1984, nos bajaron al tanatorio del hospital para acompañarle en su despedida. Ni siquiera le tuvimos en brazos, ni disfrutamos de su sonrisa. Estaba envuelto por completo en una tela blanca. Así fue el adiós a la ilusión, a la alegría.

Así fue el adiós a “Corre Cielos”.

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