El Perro callejero

Era el año 1959, tenía casi ocho años y para contar esta historia no tengo más remedio que desvelar un secreto que solo los más allegados conocen. En esa época la gente no me llamaba Antonio, me llamaban…

– ¡Toñinnn!

– ¡Si, mamá!

– Ven aquí corre.

¿Habré hecho algo?, no recuerdo haber hecho nada

– ¿Qué quieres mamá?

– Anda, toma la lechera y este dinero y ve a la lechería a por un litro de leche ¿sabrás?, mira que nunca has ido solo.

– Eh, si, si sé, eh ¿Qué es un litro?

– Tu di a Marisa que llene la lechera y la das el dinero que te doy, va justo, no tiene que devolverte nada. Venga y date prisa que la necesito. Cuando vuelvas te dejo salir a la calle con tus amigos.

Primera vez que me manda a un recado y luego puedo salir a la calle. Tengo que hacer bien el recado, a ver si me va a pasar como a Carlos que tiró la leche por ir jugando…y si lo hago bien luego a la calle, y eso sin pedirlo yo. Para empezar voy a bajar las escaleras tranquilo y luego subiré despacio. Espero que estén estos jugando ¿Dónde estarán?, no los veo, bueno voy a por la leche y luego los busco. ¡Ay!, mira Rafa y Emilio, están ahí abajo.

– Emilioooo, esperarmeeee.

– ¿dónde vas?

– voy a comprar leche y mi madre me ha dicho que  luego puedo salir a la calle. ¿Qué hacéis?

– nada, es que nos hemos encontrado este perro y nos sigue a todos lados. Esta abandonado.

– ¿no tiene dueño?

– llevamos casi media hora con él y no viene nadie ni se va a ningún sitio.

– bueno, compro la leche y bajo, pero esperarme, no os vayáis.

– vale, date prisa.

Pobre perro, tiene cara bueno. ¿Dónde dormirá? ¿Tendrá que comer?

– buenas tardes, dice mi madre que me llene la lechera y que la dé este dinero

– hola toñin, ¿te ha mandado tu madre este recado?

– sí.

– ¿es la primera vez que te manda solo?

– sí.

– es que ya eres muy mayor. ¿Cuántos años tienes?

– siete, casi ocho.

– bueno aquí tienes la leche y la dices a tu madre que has hecho muy bien el recado.

– Gracias, buenas tardes.

Ahora con cuidado no se me caiga nada. Ahí siguen estos con el perro.

– venga, date prisa y te bajas.

– vale, pero ir a nuestra calle y esperarme en la esquina.

Ese perro me mira y mueve el rabo pero tiene cara triste. ¿Dónde dormirá? Tengo que subir las escaleras despacio que no se me caiga la leche, no quiero que me castigue ¡para una vez que salgo a la calle sin pedirlo!

– Mira mamá, ¿lo he hecho bien?

– lo has hecho muy bien. ¿Te ha dicho algo Marisa?

– sí, que soy muy mayor y que he hecho muy bien el recado. ¿puedo bajar a la calle?

– ¿Quién está?

– Emilio y Rafa el del 32.

– bueno bajas pero solo un rato y te subes enseguida.

Voy a coger las canicas y los cromos.

– adiós mama.

– ten cuidado y no tardes.

Ahora puedo bajar las escaleras de dos en dos. Espero que estos ya estén en la esquina.

– Hola, ya estoy aquí. Me he bajado las bolas ¿jugamos?

– es que estamos con el perro.

– ¿no vamos a jugar?

– habrá que pensar que hacemos con el perro. No le vamos a dejar dormir en la calle.

– es verdad. Me lo subo yo a casa. A mi madre le gustan los perros. Me lo subo, bajo otra vez y jugamos un rato.

– ¿pero tus padres se quedarían con el perro? A nosotros nuestros padres no nos dejan.

– seguro que sí, mis padres tuvieron uno.

– venga, súbelo y aquí te esperamos.

Cogeré el perro en brazos para subir las escaleras, así no se cansa y llegaré antes. Pues sí que pesa, el bicho, llevo solo dos pisos y me quedan cuatro.

– hacemos un descansito ¿vale?

No hace más que mirarme y no se va. Mira se ha sentado también.

– Venga, vamos para casa. Te cojo otra vez en brazos. Subimos otros dos pisos y paramos otro poco.

Se deja coger sin problemas, parece bueno, pero pesa un poco. tengo que parar otra vez pero ya solo me quedan dos pisos.

– me siento un poco y ahora seguimos.

Se vuelve a sentar, parece que hace lo que yo hago.

– bueno, venga, vamos a seguir que yo tengo que bajar a la calle

Cada vez me cuesta más cogerle en brazos.

– anda sígueme…ven, toma…

Pues no se mueve, solo mira.

– bueno, te cogeré en brazos

Solo un piso, venga que ya no queda nada. Por fin ¡llegamos!. Le dejo en casa y me bajo a la calle.

– Ahora te bajo al suelo, toco el timbre y pon cara de bueno para que le gustes a mamá.

– ¿Quién es?

– soy yo.

– ¿Cómo vienes tan…? ¿Qué es eso?

– pero no cierres la puerta, es un perro que me he encontrado en la calle.

A través de la mirilla sigue hablando.

– Ahora mismo le llevas donde estaba ¡y aquí no vuelvas si no es solo!

– pero mamá, que no tiene casa y es muy bueno ¿no te gusta?

– que te lo lleves y cuando lo dejes en la calle te subes inmediatamente a casa, pero vete ya.

– jolín, anda déjale entrar.

– que no, no me hagas salir que va a ser peor. Llévalo a la calle ya (y cerró la mirilla).

– pues venga, vamos a la calle, corre.

Por lo menos ahora me sigue y baja la escalera.

– podías haber subido antes igual que bajas ahora. Venga, vamos con Rafa y Emilio.

– ¿te bajas otra vez al perro?

– no ha querido mi madre quedárselo y me ha dicho que lo bajara a la calle, además tengo que subir a casa, esperarme no os vayáis.

– ¿tienes que subir otra vez? ¿a qué?

– no sé pero esperarme

Otra vez arriba, ¿Cuántas veces he subido y bajado hoy las escaleras? Ya estoy un poco cansado.

– abre mamá, soy yo.

– (se abre la mirilla) ¿vienes solo?

– sí, ¿Qué quieres?

– ¿Qué quiero? Pasa para adentro y ahora sabrás lo que quiero.

– Jo, ¿porque no has dejado al perro quedarse en casa?

– ahora mismo a bañarse.

– ¿bañarme yo? ¿Por qué? No es fiesta y además es por la tarde, no me toca.

– yo si te voy a tocar como no te bañes. Te he preparado el agua y ya estas tardando. No se te ocurre nada más que traer a casa un perro de la calle. No ves que tienen pulgas y garrapatas, eso si no tiene sarna o cualquier otra enfermedad. Mira lo que te digo, no se te ocurra volver a traer a casa un animal de la calle a casa ¿entendido?

– vale no lo vuelvo a hacer pero me baño luego que ahora me están esperando Rafa y Emilio.

– pues te van a esperar un buen rato porque tú ya no sales. Estas castigado.

No era un perro grande pero tampoco pequeño, era de pelo rubio, hocico negro y unos círculos blancos alrededor de los ojos. Era de gesto inexpresivo, como si estuviera siempre esperando a ver qué pasaba. Su rabo no paraba de moverse, se fijaba en todo, era muy observador, en ningún momento hizo un mal gesto, se dejó coger en brazos como si lo hubiera cogido toda la vida. Nunca más volví a ver ese perro. Cuando salí del baño me asome al balcón y allí ya no estaba nadie. Imagino que Rafa y Emilio se cansaron de esperar y debieron suponer cual pudiera ser mi situación.

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3 opiniones en “El Perro callejero”

  1. Que tierno cuando uno es niño y toma decisiones que simplemente “son así, sencillas” Si otro ser vivo necesita ayuda, se le da. Un relato muy dulce. Deberíamos ser siempre niños.

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