Estaba segura que la ira de los dioses había caído sobre ella ¡qué confundida estaba!

Estaba segura que la ira de los dioses había caído sobre ella. Era la única manera de dar sentido a esta nueva desgracia que forma parte de una larga lista de sucesos desagradables acaecidos en los últimos ocho años. En esta ocasión se trataba de una rotura del quinto metatarsiano del pie derecho, pero hasta llegar aquí había pasado por una calcificación en ambos hombros, cirugía del pie izquierdo con una rehabilitación larga y tediosa, rotura de codo al resbalar un día de lluvia, un cólico nefrítico, lumbalgia, rotura de pieza dental reparada con implante, trocanteritis de cadera y no sé cuántas cosas más por imposible que parezca.
De nuevo en casa guardando reposo, inmovilizada para que no se produjera desplazamiento de hueso y facilitar que la fractura soldara y volviera el hueso a ser una parte entera y única dentro de su estructura ósea.
Ella que adora el espacio abierto, que goza con sus paseos diarios en los que disfruta de su intimidad, que idolatra la libertad que la brinda la soledad momentánea de las calles y parques mientras el resto de la gente se despereza en sus casas, ella que necesita sentir como el aire acaricia su cara, o como el agua de la lluvia limpia su rostro, ella que necesita de la felicidad que siente al presenciar los amaneceres tranquilos y serenos con que le regalaba el nacer del nuevo día , ella parecía estar abocada a permanecer durante un tiempo encerrada entre las paredes de la casa. El panorama que se avecinaba no era muy halagüeño y el estado de ánimo caía por momentos.
Él la argumentaba que las rachas, buenas o malas, empiezan y acaban, que nada es eterno en esta vida, que antes o después llegaría un giro de 180º que cambiaría sus vidas, pero ella maldecía su suerte. Él estaba convencido que la suerte de ella era la suerte de él. Algo tenía que hacer pero ¿qué?
Una fracción de segundo le dio la solución. No comentó su idea con ella y aprovechando una salida obligada se fue en busca de la salvación. Ya en el sitio indicado se informó que el precio de la libertad era 40 euros por un mes y pensó que serían los 40 euros mejor empleados para recuperar una sonrisa y una mirada viva y radiante. No se lo pensó dos veces y dio un paso al frente.
Al llegar a casa, ella se encontraba en el sofá con la pierna reposando entre cojines y tratando de matar la languidez del tiempo coloreando unos escabrosos dibujos a los que llama mándalas. Cuando le vio aparecer con aquello su cara fue toda una expresión de incredulidad y de sorpresa.
¿Pero dónde vas con eso?
¡Anda, arréglate que ahora mismo nos vamos a dar un paseo!
Se trataba de una silla de ruedas, que simple y sencillo fue volver a contemplar un gesto de esperanza.
Salieron a pasear los dos y la silla de ruedas. Él jugueteaba con ella haciendo quiebros mientras empujaba la silla, ella de vez en cuando lanzaba algún pequeño grito de falsa preocupación. Él la hablaba tratando hacerla sonreír, jugaban como si no lo hubieran hecho nunca.
En un impasse del paseo ella dijo: “Gracias” él extrañado preguntó: ¿Por qué? A lo que ella respondió: ¡por sacarme de paseo! Él respondió: ¡que tonta eres, no me supone esfuerzo alguno, soy feliz con tu felicidad! Ella volvió a replicar: ¡vas empujando el peso de la silla y el mío! ¿Cómo que no es un esfuerzo?
Él, desde la intimidad que le otorgaba su posición trasera al ir empujando la silla de ruedas, dejó caer unas pequeñas lágrimas a la vez que pensaba “no te saco a pasear ni te empujo a ti si no lo que representas, empujo a la alegría, a la vida, a mi amor, a la felicidad, a la libertad, a tu sonrisa, a tus besos, a tus caricias, a tus miradas, a tus cuidados, a tus cariños, a mi vida y todo eso hace que no me suponga esfuerzo alguno porque todo eso no pesa nada”

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