Recuerdos que despiertan al encontrarse con el pasado

Durante unos meses del año 2015 realicé un taller de escritura impartido por la escritora Ana Esteban. Todas y cada una de las semanas que duró el curso debíamos entregar un texto que nuestra tutora nos solicitaba de una manera peculiar, por ejemplo: “la semana que viene traer un texto que empiece con estas palabras: “antes yo era…”, ya sabéis que está limitado a dos hojas por sus dos caras, no podéis excederos de ese límite”. Así una semana y otra y otra.
Hoy voy compartir con vosotros un texto en el que Ana nos pidió tratara sobre los recuerdos o sentimientos que despertara en cada uno de nosotros al encontrarse con el pasado por el simple hecho de abrir un armario o entrar en una estancia y este es el texto que presenté yo:

Hola Ana, imagino que te extrañaras por el hecho de escribirte, pero he sentido la necesidad de hacerlo debido al último ejercicio que nos has pedido.
Tengo la seguridad que se trata de una pura casualidad, pero algo me hizo cambiar dentro de mí al oírte decir que para el próximo día teníamos que traer un texto en el que expresáramos nuestras sensaciones, recuerdos o sentimientos con motivo de encontrar algún objeto antiguo u olvidado al abrir un armario o una estancia.
Nos pides ese ejercicio justo en el día que tenía programado nada más salir de clase ir a casa de mis padres, casa que acabamos de proceder a su venta una vez que ambos ya han fallecido. El ir era para hacer un primer reconocimiento y ver que se podría conservar o deshacerse de ello con el fin de dejar vacía la vivienda para los nuevos propietarios, pero con tu petición cambiaste mi objetivo.
Fue muy curioso todo lo que iba pasando por mi cabeza durante la escasa media hora de trayecto en metro que tardé en llegar a la casa en que viví en el entorno de la familia. En el camino tomé la decisión que la experiencia que me esperaba fuera el texto del trabajo que presentara para la próxima clase y la impaciencia por llegar a esa casa ganaba más terreno cada minuto que pasaba.
Como es lógico pensar, está no era la primera vez que iba allí después de que el uno de enero de 2015, al poco de haber brindado por el nuevo año, recibiéramos la llamada del centro en el que se encontraba mi madre para informarnos de su fallecimiento. Ya sé que corro el riesgo de ser reprochado por romper el ritmo del relato con este comentario, pero creo necesario manifestarlo porque, por alguna razón, presentía que la visita de hoy a la residencia en la que habité tantos años, sería diferente a las muchas otras anteriores que había realizado en estos últimos meses.
Por fin el momento del encuentro llegó. Me crucé de acera para ver la fachada del edificio de arriba abajo, verla la había visto muchas veces pero mirarla… pensé que era la primera vez que miraba esa fachada. Es una fachada de tonos cremas decorada con dibujos en color carmesí a base de líneas que se retuercen de forma sofisticada.
El edificio tiene seis alturas, cada una de ellas con cuatro balcones de hierro repujado y busqué el mío, ese balcón que daba a la estación de trenes del mediodía más conocida como la estación de Atocha. Desde ese balcón pasé muchas tardes de niño observando como pequeñas maquinas a vapor organizaban los trenes en sus diferentes andenes, primero se colocaban los vagones a la vez que un operario los iba anclando entre sí uno a uno, y siempre se terminaba la ceremonia con la llegada de su locomotora humeante, grande, enorme y poderosa.
Más tarde ese balcón me sirvió como tapadera de mi nueva afición “fumar”. Aprovechando los pocos ratos de soledad que podía disfrutar, salía al balcón a fumar para no dejar olor en la casa y que pasara desapercibido mi acto prohibido.
Crucé de nuevo con el fin de entrar en el edificio y llegué al ascensor el cual, como siempre, se encontraba en el último piso. Le llamé y mientras llegaba a su ritmo lento y cansino, me acordé que de niño competía con él a ver quién llegaba antes a su destino. Siempre ganaba yo pero con más facilidad cuando la competición era de bajada. Para bajar lo hacía saltando de dos en dos los escalones de la escalera de granito gris llegando a sacar una ventaja de casi dos pisos. Para subir lo hacía corriendo igualmente pero guardando el orden de los escalones, aun así siempre le sacaba una ventaja de un piso. Al margen de la competición en velocidad con el ascensor esa escalera me sirvió para ir superando miedos y desafíos. Cuando bajaba me paraba en el último trecho de cada tramo de escalera y saltaba los últimos tres escalones, más adelante fueron los últimos cuatro escalones y poco a poco fui superándome hasta que llegué a mi record de saltar cinco escalones. Alguna vez intenté mejorar esa marca pero cuando me colocaba para hacer el salto desde el sexto escalón nunca terminaba de decidirme, la distancia se me hacía demasiado larga.
El ascensor me ha subido al descansillo del piso en el que se encuentra la puerta de casa y esa puerta me trae otro recuerdo que ya tenía olvidado. Tendría 8 o 9 años y estando en la calle con otros niños nos encontramos con un perro solo, vagabundo, de pelo rubio y con la expresión de la cara triste. Sin pensármelo dos veces cogí al perro en brazos y subí los seis pisos que me distanciaban de casa, cuando llegué a la puerta lo dejé en el suelo y llamé al timbre, mi madre abrió la puerta y allí me encontró parado con el perro a mi lado. Los dos la miramos con cara de pena mientras la decía “he subido este perro abandonado para quedárnoslo, que está solito ¡porfa!”. Instintivamente mi madre cerró la puerta y a través de la mirilla (antes las mirillas tenían su ventanita) me dijo que bajo ningún aspecto ese perro iba a entrar a casa “llévalo a la calle y aquí no aparezcas a no ser que vengas solo”, bajé los seis pisos de nuevo, dejé al perro en la calle y subí los seis pisos otra vez. Al llegar a casa mi madre comprobó por la mirilla que venía solo. Abrió la puerta y según entré en la casa me llevó de la mano a darme un buen baño mientras me advertía de pulgas, garrapatas y no sé cuántos desastres más que podía provocarme un animal callejero, aun así yo no paraba de decir “no quiero bañarme, hoy no me toca bañarme”.
Con cierto miedo y rubor me dispuse a entrar en la casa y llevar a cabo el objetivo que me había llevado hasta allí. Ya dentro de la casa, cualquier objeto que veía me traía un recuerdo con su anécdota triste o alegre, fui con detenimiento recreándome en cada rincón, en cada historia que revivía. Podría escribir hojas y hojas al respecto pero estamos limitados a sólo dos hojas por sus dos caras.
La idea era invertir una hora de mi tiempo en lo que se suponía ser un primer tanteo para llevar a cabo la correspondiente mudanza pero pasaba el tiempo y lo cierto es que no quería irme de esa casa.
Por eso he decidido escribirte, para agradecerte el haberme hecho recordar momentos vividos entre esas cuatro paredes. Has hecho que me despida de mi pasado con sentimiento, de una manera más cálida, de una manera menos fría y racional, me he despedido con un gran abrazo virtual a esa casa familiar, testigo de mi niñez, de mi adolescencia, de mi juventud. Ese recuerdo entrañable y emotivo que experimenté con esa visita me quedará para el resto de mi vida, y todo gracias al trabajo que nos pediste hacer sin que fueras consciente de lo importante que al final sería para mí este ejercicio.

Print Friendly, PDF & Email

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *