Recuerdo de Juventud “Como conocí a vuestra madre”

Se acababa la década de los años sesenta y me faltaban unos días para cumplir los dieciocho años, son dos datos de interés para situar de algún modo la época en la que transcurre la anécdota de mi juventud que me ha venido a la cabeza y que intentare describir lo mejor que pueda.

Si faltaban pocos días para que cumpliera años quiere decirse que nos encontrábamos en pleno verano, más concretamente en el mes de agosto. En aquellos años el tiempo era fiel a su estación, en invierno hacia frio gélido con buenas nevadas y en verano se alternaba un calor sofocante con las tormentas de verano copiosas pero cortas y que lejos de refrescar dejaban un ambiente de bochorno insoportable.

No era muy corriente aun el que se disfrutara del periodo vacacional fuera de casa pero ese año se dio la circunstancia de que los padres de mi amigo y vecino Javi si lo hicieran, motivo por el cual se quedó solo en casa durante dos semanas. Una de esas tardes de tormentas de gran cantidad de agua, nos refugiamos los cinco amigos que formábamos la panda en casa de Javi aprovechando su situación de libertad. Todos éramos más o menos de la misma edad, estábamos juntos desde cinco o cuatro años atrás y salvo raras excepciones salíamos los domingos por la tarde al cine, a los billares de la calle Victoria o al Retiro a pasear cuando alguno o varios de nosotros no teníamos dinero, lo cual era bastante frecuente.

En el transcurrir de esa tarde en casa de Javi, llena de truenos y relámpagos en la calle, salió el tema de conversación cada vez era más habitual en el grupo respecto a nuestro desconocimiento hacia las mujeres. Ninguno hasta la fecha había tenido relación con chica alguna, quiero decir relación seria o íntima con ninguna chica, porque chicas conocer conocíamos pero sin ir más lejos de lo que para nosotros era la amistad mutua.

A lo largo de la conversación y por sorpresa para el resto, Manolo, al que se le podía considerar el líder del grupo, planteó que tal vez había llegado el momento de dar ese paso:

– Javi, podíamos aprovechar que estás sólo en casa para hacer un guateque.

– Si claro, con Paloma y compañía para que luego sus padres se lo digan a los míos.

– No tiene que ser con ellas, pueden ser otras.

– Hombre no me digas más, salimos a la calle y las chicas están ahí esperándonos.

– Joder pues no es mala idea.

– ¿estás loco?

La conversación siguió por largo tiempo expresando cada uno sus ideas, yo estaba calladito con los ojos bien abiertos escuchando a uno y a otro lo que decían a la vez que por mi mente pasaba miles de excusas para no formar parte de lo que consideraba era una locura.

Al final se decidió llevar a cabo el plan por mayoría ya que al dueño de la casa le fue gustando cada vez más la idea pero puso a cambio algunas condiciones: si encontrábamos chicas dispuestas a subir a casa a formar parte de nuestro guateque “no había que hacer ruido o escándalo” y “no había que manchar nada y recoger todas las pruebas para no dejar rastro”.

Se decidió que fuera el próximo domingo ya que el siguiente estaban de regreso los padres de Javi, era martes así que había tiempo de sobra para organizarlo. Había que comprar refrescos, patatas fritas, almendras, cacahuetes…”oye, refrescos vale pero también algo de alcohol ¿no?” “pero si lo único que hemos bebido alguna vez ha sido una cerveza, no hemos bebido alcohol en nuestra vida” “tranquilo, vamos a hacer las cosas bien ¡hay que comprar ginebra!”.

Paró la tormenta y apareció el arco iris como si fuera la premonición de que algo bueno fuera a pasar, aun así yo no daba crédito a tanto desatino junto pero lo cierto es que todas las noches hasta llegar el domingo tardaba un buen rato en dormirme pensando e imaginando mil cosas de lo que podría ser esa tarde de domingo mientras los nervios iban apoderándose de mí.

Llegó el día por fin, ya teníamos todo comprado incluida la ginebra. Quedamos a las cinco en casa de Javi y no sé porque razón, todos llegamos antes. Sin mediar palabra nos fuimos a la calle a ver si alguna chica caía y aceptaba la propuesta. La tarea yo no la veía difícil, la veía imposible. Teníamos que encontrar cinco chicas “cinco” y el principio no fue muy bien: “mira por ahí vienen tres chicas”. “si pero necesitamos cinco”. “hombre no esperaras que vengan cinco de golpe, se van pillando las que se puedan”. “y que hacemos, las sentamos en un banco hasta que tengamos a todas”. “No. Se las puede subir a casa con alguno de nosotros y los otros nos quedamos para completar el grupo”.

Yo veía que el plan cada vez hacia más aguas pero ahí seguíamos buscando chicas para nuestro guateque. He de decir que las chicas se paraban, nos escuchaban y algunas dudaban pero al final seguían su camino. Por fin encontramos un grupo de cuatro en el que tres aceptaron pero una de ellas se negó en rotundo y todo volvió al principio.

Cada vez estaba más convencido que no conseguiríamos nuestro objetivo y eso me tranquilizó y me dio seguridad, una seguridad que nunca había experimentado y que venía afianzada por el fracaso estrepitoso que se avecinaba a esa idea que para mí siempre había sido una idea descabellada. Esa seguridad repentina fue la que me empujó a dar un paso al frente, yo que había estado en la retaguardia todo el tiempo, sin pensármelo dos veces me dirigí hacia otras tres chicas que venían de frente y según seguían andando (no se pararon) las expuse el plan absurdo que nos traíamos entre manos, de repente una de ellas se detuvo y me preguntó “¿hasta qué hora?” “no lo sé, ¿hasta qué hora podéis?”. “vivimos en Getafe y tenemos que estar en casa a las diez”. “¿entonces es que aceptáis?”. “ya te digo, depende de la hora”, las otras dos chicas estaban calladitas, y dije: “esperar un momento”. Fui donde se encontraban mis amigos que estaban estupefactos viendo que había parado a unas chicas con las que había estado hablando y que seguían esperando allí paradas sin saber muy bien el qué.

Les conté la conversación a mis amigos y todos estuvieron de acuerdo en aceptarlas como compañía para esa tarde, dada la hora era eso o nada. Solo eran tres, faltaban dos pero aun así nos subimos todos juntos a casa de Javi y allí pasamos la tarde hablando, hablando y hablando hasta que llegó el momento de irse para coger el autobús a Getafe. Nos intercambiamos los respectivos números de teléfonos para seguir el contacto y así fue, de hecho una de ellas y yo, la que me preguntó en la calle, ocho años más tarde estábamos en una iglesia rodeados de amigos y familia y un sacerdote oficiando nuestro matrimonio.

Esa famosa tarde de agosto de finales de los sesenta a pocos días de cumplir mis veinte años cambio mi vida. Solo escuchamos música mientras hablábamos, no bailamos y por supuesto no probamos la ginebra, no sé qué pasaría con esa botella. Ah! y como no podía ser de otra manera, se enteraron los padres de Javi de que habíamos estado con chicas a solas en su casa, las vecinas eran de las de antes y no se las escapaba una.

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